¿ Porque no hemos vuelto a la luna ?


El último vuelo del programa Apollo destinado a la superficie lunar, el Apollo 17, regresó a la Tierra el 19 de diciembre de 1972. Desde entonces, hace 36 años, el ser humano no ha vuelto a pisar nuestro satélite. Los partidarios de las teorías de la conspiración creen que eso demuestra que nunca fuimos en primer lugar. Este artículo explica por qué las misiones Apollo fueron algo extraordinario, qué es lo que ha impedido que se repitiera en estos últimos 36 años y por qué vamos a volver a partir de 2020.

Los que hemos nacido después del programa Apollo solemos verlo como una misión de exploración espacial sin pensar en el contexto histórico. El programa Apollo surgió en una época en la que, si bien la II Guerra Mundial había concluido, no lo había hecho aún la escalada tecnológica. 

Las misiones espaciales tenían, y esto es importante recordarlo, un propósito más militar que científico (aunque hayan producido beneficios inmensamente mayores como misiones científicas que como misiones militares). Además, la población norteamericana estaba muy movilizada en favor de esta clase de proyectos de supremacía tecnológica y todas las generaciones adultas se habían criado en la cultura romántica de la ciencia y las aventuras espaciales de la primera mitad del siglo. Las repetidas «humillaciones» ante el progreso del programa espacial ruso habían puesto cada vez más presión sobre los candidatos a la presidencia.

A John Fitzgerald Kennedy no le convencía nada el inmenso presupuesto que requería el programa Apollo pero, después de que Yuri Gagarin se convirtiera en el primer ser humano en orbitar la Tierra, no hubo otra opción que aprobarlo. No había tiempo de cuestionarse si el programa iba a ser rentable en términos científicos: o lo hacían ya o volverían a quedar en segundo lugar.

Así pues, en 1969 tenemos un proyecto con un presupuesto de categoría militar, financiado por un país que se había hecho de oro durante la II Guerra Mundial y al que habían emigrado miles de científicos brillantes, respaldado por los ciudadanos, diseñado por Von Braun (el padre del V2 alemán) y pensado para ser lo más simple y eficaz posible en el objetivo de llevar al ser humano a la Luna.


Pero, ¿disponían de la tecnología para hacerlo?

Evidentemente. Von Braun llevaba trabajando en el diseño de una misión lunar desde sus tiempos al servicio del ejército nazi, es decir, un cuarto de siglo antes del Apollo 11. La ciencia llevaba un gran adelanto sobre la capacidad técnica para realizar misiones lunares, puesto que encontrar instalaciones, personal y materiales nunca es fácil dentro de los límites de la viabilidad económica y la utilidad práctica.

Hay que tener en cuenta que muchos de los desafíos de la exploración espacial son puramente mecánicos y «sólo» requieren materiales resistentes, cálculos correctos de impulso y trayectorias y un buen trabajo de electricista para conectar los sensores, los interruptores y los actuadores. Aunque no disponían de ordenadores de a bordo para las tareas de control más complicadas, tenían astronautas con un alto cociente intelectual y un entrenamiento de élite.

Cuando la tecnología es menos avanzada, pero funciona igualmente, lo que se hace es trabajar con mayores márgenes de ingeniería (mirad el ejemplo del bambú). Algo que no se le puede achacar a las misiones Apollo es que su diseño no fuera robusto. Y si no fuera porque el monstruoso Saturno V era lo más grande que podían construir en las instalaciones de que disponían, seguramente habrían construido un cohete aún mayor.

¿Por qué el programa Apollo no tuvo un sucesor?

Vietnam y 1968: Se podría decir que el programa Apollo quedó gravemente herido justo cuando empezaba lo interesante. Si hasta entonces la población no cuestionaba la pugna por la supremacía militar, a partir del desastre de Vietnam esa visión cambió de forma radical. El programa espacial era visto por muchos, y con razón, como parte de ese proyecto militar, por lo que se creó un desafortunado paralelismo entre la intervención en Vietnam y las misiones lunares.

Watergate: Observad la progresión que siguió la Presidencia de los Estados Unidos entre 1960 y 1974: la popularidad de John Fitzgerald Kennedy, el asesinato de Kennedy, la desastrosa política exterior de Lyndell B. Johnson y el completo descrédito de Richard Nixon. Ningún Presidente desde entonces ha estado en condiciones de conjurar la misma implicación social en un proyecto como el programa Apollo.




Cambio de estrategia en la Guerra Fría: El punto de no retorno se había alcanzado con la proliferación de los satélites y los misiles nucleares intercontinentales. La nueva Guerra Fría se iba a llevar a cabo en la órbita baja terrestre (LEO). Por eso se construyeron los Shuttle. Una de las funciones para las que se crearon los transbordadores era la defensa: el Shuttle permite que varios astronautas trabajen en la LEO durante varios días y que carguen y descarguen materiales de la bodega con el brazo mecánico, lo cual resulta esencial para realizar mantenimiento y sustituciones en satélites militares. Las misiones de reparación del telescopio Hubble son una buena prueba de esta capacidad.

1973: la crisis del petróleo fue un golpe muy duro para la economía de los Estados Unidos. En esas condiciones, las misiones lunares, una vez conseguido el objetivo de llegar primero, resultaban muy difíciles de justificar. Uno de los fines del Shuttle era proporcionar acceso a la LEO por un coste veinte veces inferior al del Saturno V.

«Civilización» de la NASA: Eventualmente, la actividad de la NASA dejó de ser esencial para la producción y mantenimiento de arsenales aeroespaciales. Aunque sigue desarrollando tecnología puntera y empleando a muchas mentes brillantes, hoy en día la NASA es una institución de vocación civil. Lamentablemente, los proyectos civiles nunca reciben tanto presupuesto como los militares. Mientras hoy el 3,7% del PIB de los Estados Unidos se destina a gastos militares, la NASA sólo recibe un 0,1%. En sus mejores tiempos, la agencia llegó a recibir el 0,5% del PIB (mientras el 9,8% se destinaba a gastos militares).

Misiones no tripuladas: Gracias a los avances tecnológicos, la capacidad de las misiones no tripuladas para adquirir y retornar información científica se ha multiplicado de forma extraordinaria. Con el paso del tiempo, las misiones no tripuladas han ido reduciendo el presupuesto disponible para un nuevo programa lunar. En el presente, las agencias espaciales tienen que mantener una estación espacial, varias docenas de satélites, sondas y vehículos científicos y el desarrollo de nuevos programas para futuras misiones tripuladas, todo eso con la mitad del presupuesto. (Por una razón u otra, la NASA ha decidido desarrollar su programa en solitario, así que el resto de agencias tendrán que producir sus propios diseños, instalaciones y vehículos para participar en el retorno a la Luna.)

¿Cuándo vamos a volver a la Luna?
En una década y media, si no pasa nada grave. Estados Unidos está trabajando ya en el proyecto Constellation con la idea de que el diseño de los nuevos cohetes y cápsulas dé acceso a la LEO, a la Luna y a Marte. Entre medias, es posible que visitemos alguno de los asteroides en órbitas cercanas a la Tierra (un proyecto muy atractivo y con una utilidad evidente) y las lunas de Marte, más fáciles de explorar que el planeta en sí.

Por su parte, la Agencia Espacial Europea (ESA), la Agencia Espacial Japonesa (JAXA), la Agencia Espacial Rusa y sus respectivos socios privados están considerando otros proyectos de acceso a la Luna y a Marte, aunque con un presupuesto mucho menor. (Una de las opciones es usar cohetes Ariane modificados para ensamblar un módulo habitable y varios módulos propulsores en órbita de la Tierra.) Otros países, como China y la India, tienen sus propios programas espaciales en marcha, pero todavía les queda mucho camino por recorrer para poder lanzar misiones tripuladas.

¿Y por qué deberíamos volver a la Luna?
La Luna todavía tiene mucho que decir. Las misiones Apollo apenas pudieron trastear por allí un rato y juntar algunos souvenires antes de volverse a casa. Estaría bien, por ejemplo, investigar los cráteres en sombra perpetua en busca del agua de antiguos impactos cometarios. También nos interesa descubrir cuánto helio-3 hay atrapado en la corteza lunar y si podemos explotarlo para utilizarlo en reactores de fusión. 

La Luna puede ser una buena plataforma para entrenar astronautas, para instalar telescopios espaciales y granjas solares, y para experimentar con nuevos materiales de construcción. Además, ahora tenemos nuevas tecnologías que no teníamos en 1969 y la Luna es el lugar más cercano para ponerlas en práctica. Antes de lanzarnos a la aventura de conquistar Marte y otros lugares del Sistema Solar, tenemos que ver qué somos capaces de hacer en la Luna con la tecnología del siglo XXI.


En el fondo se trata del mismo caso que el del Gran Colisionador de Partículas: los grandes proyectos a menudo son tan importantes o más por los avances que desencadenan que por sus resultados en sí. El dinero invertido en el retorno a la Luna no va a perderse en el fondo de un cráter. Ese dinero se queda aquí, en la Tierra, promoviendo el desarrollo de la tecnología que siempre termina llegándonos a todos en un efecto de cascada.

Dentro de 15 años habrá abuelos que no podrán hablarle a sus nietos del Apollo 11. Sí habrán visto, en cambio, el 11 de septiembre y la guerra de Iraq. A veces vale la pena embarcarse en grandes proyectos aunque sea sólo por conservar la confianza en el futuro de la humanidad.

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