Descanse en paz Don Hector Gaitán

"Agradecemos los gestos de solidaridad durante su enfermedad y apelamos a sus santas oraciones para despedirlo en paz", escribió la familia en el muro de Facebook.

Gaitán fue autor de varios libros sobre la historia y de Guatemala. Su serie más recordada entre la población es La calle donde tu vives, con varias ediciones, signadas por la frase Como me lo contaron se lo cuento.

La familia confirmó el deceso del académico y confirmaron que Gaitán sufrió complicaciones luego de una cirugía a la que había sido sometido el lunes 23 de enero.

Entrevista tomada de la Revista D de Prensa Libre. 12 de diciembre de 2010:  Gaitán: "Nací para tragarme la vida" Esta es la entrevista que publicó Revista D el 12 de diciembre de 2010. Un hombre de hierro, un tipo curioso y memorable, ese es el historiador Héctor Gaitán.

Héctor Gaitán, historiador y escritor guatemalteco, en la Plaza de la Constitución, el 2 de diciembre del 2010.

A sus 70 años, ya padeció los golpes que, según dicen, son los más graves que puede sufrir un ser humano: la muerte de la madre, el padre, la esposa y de un hijo. Su ameno puño literario goza de buena fama. Evidencia de ello son sus siete tomos de La calle donde tú vives y sus otros 16 libros relativos a las memorias del siglo XX de Guatemala, incluidas historias de fusilamientos, presidentes y otros temas igual de tenebrosos, todos escritos con gran sabor local. 


Sus conocimientos sobre historias de espantos harían suponer que Gaitán es un abuelo con pantuflas y gorrito, que se sienta con sus nietos al calor de una hoguera y les relata historias de la Siguanaba. Su aspecto bonachón y sus 250 libras así lo reafirmarían, pero bajo su blandura hay un hombre de hierro. Adentro tiene una estructura emocional hecha de varillas de acero. Gaitán es el tipo de optimista con los pies bien puestos sobre la tierra.

Posee extraordinaria bondad, pues la vida se ha encargado de moldearlo, durante 70 años, a fuerza de golpes, cárcel, decepciones políticas y sus propias fobias al imperialismo yanqui. Así es, no hablamos de un gordito inofensivo, sino de un intelectual templado, que tuvo una juventud aguerrida, que se formó académicamente en Guatemala, México y Estados Unidos, y que posee la memoria social y antropológica del país del siglo XX. Un académico muy serio, pero eso sí, de gran simpatía. A quien quiera informarse de Guatemala y sus personajes, le recomendamos que lea sus siete tomos de La calle donde tú vives (Artemis Edinter).

Jamás disparó armas, pero se involucró en una célula guerrillera urbana que repartía propaganda subversiva. A principios de la década de 1970 fue capturado en una balacera, y fue puesto preso. Salió al exilio en México, país en el que sobrevivió 10 años vendiendo libros y platería.

Conversamos para esta entrevista una tarde del recién pasado noviembre, en el parque central del Centro Histórico, en medio de un viento helado y toldos de la feria del libro que se caían detrás de nosotros. Nos reímos de las paradojas de su vida; la primera de ellas, que aquel antiimperialista estudió periodismo en Estados Unidos. La segunda, la más significativa, que actualmente puede ver gracias a que le fue implantada la córnea de un gringo muerto —iba a quedar ciego, pero en el Comité de Pro Ciegos y Sordos hicieron un buen trabajo—.

Este es el autor de libros y audiolibros de espantos y aparecidos, un hombre curioso y memorable que nació a manos de una comadrona, —después de que su madre perdiera cinco hijos— en su casa ubicada en el primer callejón urbano que hubo en la ciudad, allá por el estadio, en 1939. Al igual que Pedro Calderón de la Barca, cree que la vida es un sueño.
- ¿Cómo conoció y se despidió de su esposa?

La conocí en el atrio de la Recolección. Nos casamos siendo muy patojos, yo tenía 20 y Esperancita 17 ó 18. Murió a los 70 años de edad, en el 2004. Ese fue un período muy duro de mi vida, una tragedia, porque mi hijo Héctor contrajo una enfermedad viral por comer cosas en la calle. Hepatitis. Empezó mal, como en octubre del 2003, y nunca me imaginé que iba a tener un desenlace fatal. Tenía 38 años, se iba a graduar de licenciado en Historia. Dejó tres niños y a su esposa. Murió el 24 de diciembre del 2003. Mi esposa estaba muy enferma, la estuve llevando a México para curarla; era un ir y venir, pero allá ya la habían desahusiado, y fue muy valiente, pero llegó el momento y el 15 de febrero, a un mes y días de que murió mi hijo, también murió. Tenía osteoporosis crónica.

- La Navidad no es alegre para usted.

Me afecta, pero me hago el pendejo, porque tengo un nieto que vive conmigo. Me hago el fuerte porque no le voy a destruir la vida al niño con tristezas.

Estuvo involucrado en un movimiento revolucionario, ¿qué piensa, hoy, de la izquierda?

Para mí, la izquierda es una utopía. Nosotros luchamos por convicciones, con el corazón, con todo lo mejor que se pudo haber tenido para Guatemala, pero se dieron cosas que, si yo las digo en este momento, puedo ofender a personas que aprecio y que cometieron errores. Por eso ya no me fui de México a Cuba, y me salí del movimiento. Sigo pensando, eso sí, que Guatemala necesita un cambio radical, pero pacífico; necesita más diálogo con todos, con los pobres; no sé si eso es utópico, pero creo que un día todo será mejor.


- ¿Cómo salió al exilio?

Era la época de Ydígoras Fuentes. Empezaron a catear la casa, se llevaron presos a mi papá y a mi hermano. No me lograron agarrar; solo una vez, en una balacera; fue por el Conservatorio Nacional de Música. Pero sucedió que mi padre era muy amigo del jefe de la judicial —imagínese usted—, don José Bernabé Linares. Mi papá, desesperado, fue a hablarle y le pidió: "Bernabé, ayudame, es mi hijo". No me trataron mal, porque él me conocía. Solo recuerdo que se me acercó don Bernabé, me pegó duro en el brazo y me dijo: "Vas a matar a Luis". A las cuatro horas iba yo en avión para México.

- ¿Cómo fue el exilio?

Como decía Miguel Ángel Asturias, el exilio es un camino triste y frío. Pero yo tenía una tía en México que había salido al exilio en tiempos de Estrada Cabrera, entonces, yo tenía casa. Pero mi rebeldía, esa forma de ser de uno de patojo, que se cree muy cabrón para todo, me hizo alejarme de ella y de su casa. Era 1958. Traté de ser independiente. Afortunadamente, no caí en malos pasos.

¿Vivió la psicodelia de aquellos años, en México?

Era la década de 1960, la música de los Beatles, la época de Elvis Presley, y éramos jóvenes. En ese tiempo, las drogas eran el pan diario de cada día. Aquí, en Guatemala, era algo tranquilo, pero en México era cosa seria. Bendito Dios, jamás le hice a las drogas. Sí fumaba, tomaba cervezas. La psicodelia iba unida a los alucinógenos, pero nunca los probé. Sí vestí a la moda, aunque nunca usé pelo largo porque trabajaba con unos españoles vendiendo libros y platería, así que no podía andar en fachas. Luego fue la época de la persecución a muerte, en México, de los roqueros. Era prohibido vestir a la moda, a los jóvenes los sacaban de los cafés, fue algo muy serio. A nosotros —los exiliados— nos tenían bien controlados, por cualquier cosa nos podía citar Gobernación.


 - ¿Cómo fue su retorno?



Fueron 10 años en el exilio. Me vine porque mi padre me mintió, me dijo que mi madre estaba muy grave. Él quería tenerme cerca. Gracias a que había sacado unos cursos de locución y periodismo en la academia Novo, en Monterrey, gané un concurso de locutores para la televisión. El examinador era don Mario Ferreti. Pasaron los años y vino la venta del noticiero, lo compró Mario Solórzano Foppa y Ariel Deleon, periodista que también estuvo exiliado. Me gané una beca para estudiar periodismo en Estados Unidos.

- Una paradoja, ¿no cree? Llegó al país imperialista.


(Ríe) Sí. Estudié, en 1979, en Nueva Orleans y en Dallas. Y a mí no se me quitaba lo de izquierda. Una vez, un instructor pidió que cada periodista expusiera la situación política de su país. Para qué me preguntaron, casi me sacan. Les dije que el imperialismo manejaba las riendas de América Latina, que había puesto y quitado presidentes como le daba la gana, que nosotros, los latinos, éramos un patio trasero de Estados Unidos. "Se te fue la mano", me dijo el profesor, un peruano. "Usted preguntó y yo respondí con la verdad", le contesté.

En su profesión ha sido muy afortunado, me parece. Sí, soy afortunado, aunque creo que he vivido a la carrera. Siento que todo acaba de suceder. Nací para tragarme la vida; siempre sentí que se me iba y quería atraparla; hoy, la llevo más despacio.

- ¿A qué se refiere con vivir a la carrera?

Creo que desde patojo vivía con el temor de que me iba a morir, hasta ahora, a los 70 años, estoy aterrizando. Me iba a quedar ciego, tenía unos lentotes que no aguantaba sostenerlos en la nariz, tenía una catarata muy severa en un ojo, y en el otro, un problema en la córnea. Me operaron en Pro Ciegos y Sordos, me implantaron la córnea de un gringo muerto. Bendito Dios, miro.

- ¿Qué tan duro fue pensar que quedaría ciego?

Cuando estaba perdiendo la vista, estaba escribiendo un libro sobre la vida del Hermano Pedro. Ya no veía las letras, leía con lupa. Era el año 2002. Le pedí mucho al Hermano Pedro —es cuestión de fe—, y cuando me operaron los ojos y me quitaron la venda, la doctora Mac Donald me hacía señas con los dedos y yo no veía nada. Pensé que estaba ciego. Ella dijo, "Tranquilo, pueden llevárselo. Que le cierren bien los vidrios del carro y cuando vayan por Majadas, quítese la venda y va a ver". ¡Y así fue! Cuando por Majadas me quitaron la venda, pude ver. Desde entonces miro los pájaros, los árboles, el cielo azul, la Catedral, esa belleza. En las mañanas, en el patio de la casa, echamos alpiste para los pájaros y lo disfruto plenamente. Ahora disfruto cada paisaje, cada luz, la risa de un niño, aprovecho mi tiempo para observar cosas, y así lo haré hasta que Dios me lo permita.

- Una nueva paradoja, don Héctor, tiene una córnea imperialista.

(Ríe) Sí, quién lo iba a pensar. Ahora, veo la vida de distinta manera, señor Lemus. Trato de no hacerle mal a nadie, ni siquiera con el pensamiento. Soy humano y he visto palpablemente aspectos profundos de Dios. Por ejemplo, yo no gozo de prestaciones laborales, hago mi trabajo y me pagan. Eso es todo, y es algo que agradezco profundamente, pero, a veces, me veo en trapos de cucaracha, porque uno no tiene Bono 14 o aguinaldo —por cierto, el IGSS me lo paga mi editor, Jesús Chico, director de Artemis Edinter, lo cual le agradezco, si no, ya me hubiera ido de este mundo—. Pues, decía eso porque cuando con mi familia nos hemos visto sin plata, nos reunimos y decimos, qué hacemos, no hay dinero, y de repente, una llamada: "Héctor, ¿tiene discos? Quiero dos colecciones, vengo de Canadá..." Es entonces cuando veo la mano de Dios.

- ¿Qué piensa de la muerte y la eternidad?

Pienso que es el misterio más grande de la humanidad. Ya le conté mi cuadro clínico, el corazón lo tengo jodido. Si me da un infarto, no sé a dónde me voy a ir. Pienso que el tiempo no existe, que esto que vivimos, esto que platicamos, todo es como una película, un sueño que estamos viviendo, y cuando me despierte, no sé donde voy a estar. Uno pasa por el tiempo sin sentirlo, y cuando viene la muerte, después de ese proceso que nadie sabe qué es ni a dónde va, los segundos pueden ser centurias, quién sabe, eso dicen los grandes pensadores.

 - Menciona a Dios, pero no sabe qué pasará después.

(Ríe) Mire qué contradicciones: soy católico, estudié en la Casa Central, pero de allí me corrieron por mal portado.

- Finalmente, algunos querrían leer cómo surgió su inclinación por la historia.

Nací en un barrio obrero. Mi padre era un empleado postal que dejó allí su vida. En nuestra casa vivía mi tío, el tío Carlos, quien nos llevaba al cementerio, y cuando lo hacía, era una clase de historia. Decía: "Miren, aquí está enterrado Jorge Ubico, o Lázaro Chacón, él tomó el poder en tal fecha, de tal y tal manera". Nos hablaba de personalidades como Pepe Milla, quien está enterrado en el cementerio General. Esa es la parte que me invitó a mí a empezar a escribir. Además, yo oía los cuentos con los obreros del barrio, de ferrocarrileros, de cargadores, ellos habitaban en palomares. Nosotros teníamos casita, pero uno de patojo se va a meter a todas partes, así empezó mi afición por escuchar sobre las leyendas de Guatemala. Tendría yo, más o menos, seis años






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