Carta a un amigo fallecido

Querido amigo:

Te escribo estas letras cuando no hace ni 48 horas que reíamos juntos proyectando el futuro. Hoy, de pronto, sin previo aviso, ese futuro se ha topado con la muerte. Te has marchado para siempre. Tu corazón, tan enérgico para darte a los demás, a ti te ha traicionado. ¡Quién nos iba a decir que, después de 30 años reparando corazones, te irías con el tuyo roto y destrozándonos el nuestro!

De todas formas, tú ya sabías, porque la vida te había golpeado con dureza en otras ocasiones, que el dolor se presenta sin ser invitado en el momento más inoportuno. Y es por eso que no te abrumaré hoy hablándote del sufrimiento que tu marcha nos causa, ni contándote el vacío que dejas entre tus compañeros del Hospital de Valme; percibiste en vida la magnitud del cariño que te teníamos y puedes deducir también, desde donde estás ahora, la intensidad del dolor que nos deja tu partida. Por lo tanto, enfocaré esta carta con el mismo tono que tenían nuestras conversaciones diarias: directo, sencillo, claro, relajado y sin vaguedades, como a ti te gustaba.

En primer lugar, deseo aclararte que lo que a continuación escribo no es sólo el homenaje al amigo, sino el cumplimiento del deber que creo que todos tenemos, de transmitir a la sociedad testimonios vivos y recuerdos ejemplares de personas que os vais habiendo fundamentado vuestras vidas en un sentido profundo de la ética y de los valores. Te prometo que no habrá exageración en mis palabras; de hecho, más que escribir, solo transcribiré en palabras lo que tú escribiste con hechos. El mejor homenaje que puedo hacerte es demostrarte que tu ejemplo ha sido útil.

Quiero resaltar algunos de tus valores y, entre ellos, el primero tu valentía. Cumpliste fielmente la máxima de Víctor Hugo: «¡Atreveos: sólo así se logra el progreso!». Te atreviste a saltar desde un hospital maduro, con todo consolidado, a otro joven, entusiasta y vital, pero donde había mucho trabajo por hacer. Asumiste el reto y lo conseguiste: en un tiempo récord montaste una unidad de élite, formaste al personal, humanizaste las relaciones y produjiste resultados admirables en calidad y cantidad. Te llovieron felicitaciones que, sin embargo, no te envanecieron, porque tú te movías más por el honor que por los honores. Ahora puedo decirte lo que no verbalizamos entonces: no puedes imaginarte el regocijo burlón que a todos nos producía observar cómo, con lo que algunos habían desechado por pequeño, nosotros, o mejor dicho tú, conseguías llegar a la excelencia.

Pero eso no es todo. Recuerdo que necesitábamos un hemodinamista pero lo queríamos con un perfil humanista. Tú lo tenías. Llegaste al hospital sin ser inicialmente conocido para los compañeros de otras especialidades. En pocos meses te ganaste el respeto y la credibilidad de todos por tu estilo sencillo, tu comportamiento elegante, tu trato amigable y tu actitud servicial.

Llamó de ti la atención desde el principio que eras diferente; que siendo uno de los mejores en tu disciplina, no habías caído en la trampa de mitificar las posibilidades de las técnicas: sabías perfectamente que éstas por sí solas no eliminan el sufrimiento. Aportaste una medicina técnica, llena de eficiencia y cargada de conciencia. Te molestabas cuando te llamaban superespecialista. Nuevamente mostrabas una actitud cargada de contenido filosófico profundo: «El especialista puro no es más que un hemipléjico intelectual» (Ortega y Gasset). Ejerciste una medicina completa.

Me decía un compañero mientras te recordábamos que se te veía feliz entre nosotros. Estoy de acuerdo. Parecías muy feliz en nuestro grupo y muy especialmente cuando hablabas de tu hijo Gonzalo y de tu gran mujer, Pilar. Pero no era la tuya una felicidad regalada; toda felicidad exige una importante inversión de energías, y tú, querido Jose, simplemente la habías realizado. Que nadie se equivoque: la felicidad gratuita no existe.

Pero tengo algo más que decirte, querido amigo. Necesito sincerarme. Cuando el sábado por la mañana oigo la voz rota de nuestro amigo Juan Beltrán dándome la trágica noticia, te reconozco unos instantes iniciales de aturdimiento. Era excesivamente inesperado. Pero al instante recordé la frase del escritor: «El necio teme la muerte y huye de ella, el loco la busca, el sabio la espera». Tú eras de los últimos. Y ciertamente, cuando se lleva una vida humanamente caudalosa, olvidándose del «yo» y entregándose a los demás, las personas sabias cuentan con estos finales. Ésa era tu forma de entender la profesión y sencillamente creo que lo tenías asumido, y por eso estoy seguro de que, aunque no buscaste la muerte, tampoco la temiste y simplemente la esperaste.

Por otra parte, me resulta extraño hablar de tu muerte; ¿puede decirse muerta a una persona que permanece viva en los corazones en los que tan profundamente consiguió instalarse? No es éste momento ni lugar para filosofar, pero sinceramente creo que morir después de haber vivido y haber servido , tal vez no sea del todo morir. No, Cortacero, tú para nosotros no has muerto. A partir de hoy nuestra sala de hemodinámica, la tuya, lleva tu nombre, el espíritu que le inculcaste sigue vivo dentro de ella, tu recuerdo es nuestro estímulo, tu proyecto lo hacemos nuestro y tu ejemplo lo tomamos como modelo. Vamos a trabajar duro para que tus ilusiones se cumplan, y no sólo lo haremos por ti sino que lo haremos contigo, porque tu estarás con nosotros de por vida.

Querido Jose, éste es el final de esta carta pero no de esta historia. No nos despedimos de ti, contamos contigo. Sólo te decimos gracias y hasta siempre. Desde allí donde estás, ayúdanos.

Un abrazo,

Luis.

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